"SANTA NO SIGUE INSTRUCCIONES"


 

La sala olía a galletas y a ese pino que Elena insistía en rociar con “aroma de bosque real”. Bajo el árbol, una montaña absurda de regalos ocupaba medio tapete. Mara cruzó los brazos.

—Te dije tres por bebé. Tres —susurró, señalando el Everest navideño.

Elena, con la niña en brazos, sonrió sin culpa. —No fui yo. Santa Claus se emocionó.

—Ajá. ¿Y también fue Santa quien envolvió todo con papel de renos musculosos?

Antes de que Elena respondiera, el gemelo en la alfombra tiró de un listón rojo y una caja enorme se abrió sola, como un monstruo despertando. Un tren eléctrico salió disparado, dio media vuelta y se estampó contra la pata del sillón con un piu agónico. La niña soltó una carcajada. Elena también.

Mara intentó mantenerse seria, pero el tren, temblando, emitió un último chucu‑chucu derrotado. —Está bien —cedió—. Santa puede emocionarse… pero tú recoges al herido.

Elena se acercó, rozándole la mejilla con la nariz. —Solo si luego me ayudas a estrenar un par de regalos.

Mara sonrió, rendida. —Trato hecho.

 

¡Felices Fiestas!

Con estima Kika

 

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