Las profesoras universitarias suelen parecer muy compuestas desde lejos: cuadernos ordenados, gafas impecables, pasos seguros por los pasillos. Pero cuando llega diciembre y el campus se queda en silencio, también se vuelven humanas. Y a veces, como le pasó a Esther, empiezan a comportarse raro sin previo aviso: torpezas repentinas, silencios que no eran suyos, sonrisas que parecían escaparse sin permiso. Itziar lo notó desde hacía días. Cómo no.
La noche de Año Nuevo solo lo hizo imposible de ignorar.
—Oye… —Itziar dejó su copa en la mesa y la miró con esa mezcla de cariño y sospecha que solo se usa con alguien que te importa—. ¿Qué te pasa? Llevas días actuando como si yo fuera un acertijo imposible.
Esther apretó los labios, como si buscara una salida de emergencia que no existía.
—No estoy actuando rara —mintió fatalmente.
—Esther, el miércoles casi te caes en la escalera.
—La escalera me tiene mala voluntad.
—La escalera no tiene voluntad.
Esther soltó un suspiro derrotado.
—Ok. Sí. Estoy rara. Desde hace días.
—Lo noté —respondió Itziar, suave, sin burla, solo curiosidad.
Esther respiró hondo, como si fuera a confesar algo que llevaba demasiado tiempo guardado.
—Es por ti.
Itziar parpadeó, sorprendida pero sin moverse.
—¿Por mí? ¿Qué hice?
—Nada. Ese es el problema. No haces nada y aun así me pongo nerviosa. Desde hace días. Hoy, cuando brindamos… pensé que iba a tirar la copa.
—Lo vi. Pensé que era emoción por el año nuevo.
—Era emoción por ti. Y por el año nuevo, pero… más por ti, me gustas.
Itziar se quedó quieta, como si el aire se hubiera vuelto más cálido de repente.
—Entonces… —dijo, bajando la voz—. Supongo que debo confesarte algo también.
—¿Qué?
—Que tú también me gustas. Y he estado intentando no parecer una adolescente enamorada.
—¿Intentando?
—Hoy te dije “feliz año” dos veces antes de que dieran las doce.
—Ah. Sí. Me di cuenta.
Se rieron bajito, como si acabaran de descubrir un secreto que ambas habían estado guardando torpemente.
—Bueno —murmuró Esther, acercándose apenas—. Si ya dijimos todo esto…
—Podemos dejar de actuar raro —respondió Itziar.
—O actuar raro juntas.
—Eso suena más honesto.
Y así, entre risas tímidas y confesiones atrasadas, el año nuevo empezó con algo mucho mejor que propósitos: claridad.
¡Feliz Año Nuevo!
Con estima Kika
