El 6 de enero amaneció frío en la Ciudad de México, con olor a chocolate caliente y pan recién horneado en cada esquina. En casa de Esperanza, la tradición era sagrada: la Rosca de Reyes para veinte familiares, encargada por su mamá, debía llegar intacta, brillante y con su muñequito bien escondido.
Pero Livia —extranjera, instrumentista quirúrgica y víctima reciente de un maratón de TikTok sobre tamales— había decidido que el destino no la iba a obligar a cocinar para veinte personas el 2 de febrero.
A las cinco de la mañana, bisturí en mano, se dispuso a “salvar” la situación. Y justo cuando creía haber completado una operación limpia… Esperanza abrió la puerta de la cocina.
—¿Qué estás haciendo con la rosca?
—Una cesárea.
—¿Perdón?
—La abrí con bisturí. Localicé al bebé. Lo extraje. Está estable.
Esperanza parpadea.
—¿Le hiciste una cesárea a la rosca de Reyes?
—No quiero hacer tamales para veinte personas, amor. Vi tres tutoriales. Uno decía que hay que hervir hojas durante dos horas.
—¿Y tu solución fue operar el pan?
—Soy instrumentista quirúrgica. Me entrenaron para esto.
—¿Y si mi mamá pregunta por el muñequito?
—Le decimos que nació prematuro.
—Livia.
—O que lo adoptó otra rosca.
Esperanza se sienta, se sirve café.
—¿Sabes que ahora nos va a tocar hacer tamales por karma, verdad?
—Consultaré a mi amigo TikTok.
—No, tú no. Tú ya hiciste tu parte. Yo me encargaré de la masa.
—¿Y el relleno?
—Tu castigo será picar todo el chile sin guantes.
—Cruel.
—Justa.

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