La casa Pacheco amaneció oliendo a chocolate caliente y a envolturas de regalo listas para ser derrotadas. Santi y Sofi ya estaban sentados en la alfombra, vibrando como si tuvieran pilas nuevas. Nan intentaba mantener cierto orden. Eri… definitivamente no.
Eri estaba sentada entre los niños, con la misma postura ansiosa que ellos, las manos listas para arrancar papel como si también esperara encontrar su nombre en alguna etiqueta.
—A ver —dijo Nan, cruzándose de brazos—. ¿Quién empieza?
—¡Yo! —gritó Sofi.
—¡Yo! —gritó Santi.
—¡Yo! —gritó Eri.
Nan la miró con una ceja levantada.
—Eri, suelta el regalo. Tú ya eres adulta.
—Eso no se dice en Día de Reyes —respondió Eri, ofendida—. Hoy todos somos niños. Es ley no escrita.
Santi rodó los ojos.
—Mamá, tú no cuentas.
—Claro que cuento —respondió Eri, dejándose caer en el piso—. Yo también me porté bien.
Nan acomodó un regalo en su regazo.
—Eso está en duda.
Después de bastante papel de colores y moños aplastados, Santi estaba rodeado de juguetes nuevos, Sofi tenía una pila ordenada junto a ella y Eri… bueno, Eri ya estaba claramente en modo control de calidad.
—Ese dron no es para volarlo adentro —dijo Nan, sin levantar mucho la voz.
—No lo estoy volando —respondió Eri, agachada en el piso—. Estoy… probando motores.
Eri apretó un botón y el dron se elevó apenas unos centímetros antes de irse directo contra la cortina y caer de lado.
Santi aplaudió.
—¡Se estrelló!
—Claro que no —dijo Eri, muy convencida—. Aterrizaje forzoso, pero exitoso.
Sofi estaba sentada con un peluche en las piernas, observando el caos con calma.
—Mami, ¿por qué hay tantos regalos?
Nan miró alrededor, luego a Eri.
—Porque los Reyes se emocionaron.
Eri asintió rápido.
—Muchísimo. Son intensos.
Nan le pasó una taza con chocolate a Eri.
—Tómatelo antes de que sigas abriendo cosas.
—Ya no hay nada que abrir —dijo Eri, mirando el tiradero—. Creo…
En ese momento, Santi sacó una caja que había quedado escondida detrás del sofá.
—¿Y este?
Eri se lanzó como si hubiera visto oro.
—¡Ese no lo habíamos visto!
Nan suspiró, pero sonrió.
—Ábrelo tú, Santi.
Dentro había un juego de construcción. Eri ya estaba acomodando las piezas en el piso.
—Esto lo armamos juntos.
—Tú no sigues instrucciones —dijo Sofi.
—Las interpreto —corrigió Eri—. Con libertad creativa.
Nan se sentó en el sillón con su taza, observando a su familia desparramada entre juguetes, peluches y cajas vacías.
—¿Todo bien? —preguntó.
Eri levantó la vista, con una pieza en la mano y chocolate en el bigote.
—Perfecto.
El dron seguía tirado, la rosca en espera, el chocolate ya tibio. Nada estaba en su lugar, pero todo estaba exactamente como debía estar.

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