"LUNA DE MIEL EN ESCALA DE RICHTER"


 

A las 7:57 a.m., Acapulco seguía medio dormido. Igual que Miriam y Romina, enredadas en sábanas de hotel, respirando como si el mundo no existiera.

Hasta que el mundo decidió existir, 7:58 a.m.

Un pitido ensordecedor irrumpió en la habitación, seguido de una voz metálica: “Alerta sísmica, alerta sísmica.”

Romina saltó como si la hubieran catapultado.

—¿¡QUÉ ES ESO!? ¿¡QUÉ ESTÁ PASANDO!? —gritó con acento extranjero y ojos de terror absoluto.

—Tranquila, amor —balbuceó Miriam, todavía con voz de ultratumba—. Es la alerta sísmica. No corro, no grito, no empujo.

—¿Cómo que no corro? ¡Yo quiero correr!

—No. Te vistes primero.

—¿VESTIRME? ¿AHORA?

Miriam ya estaba buscando pantalones.

—Sí. Rápido. Tenemos segundos.

—Ayer me decías lo contrario —refunfuñó Romina, intentando meter una pierna en el pantalón y fallando—. “Quítatelo, Romi”, “no necesitas pantalones, Romi”. ¿Quién te entiende?

—Romina, por favor. Ponte algo.

—¿Puedo ir al baño antes?

—¡No! Y atenta por si hay alerta de tsunami.

—¿TSUNAMI? ¿¡QUÉ!? Miriam, tú no quisiste ir a África por “los peligros”. ¡Peligros, ja!

Miriam ya estaba en la puerta.

—Rápido. Vámonos.

—Estoy intentando, pero este pantalón me odia —gruñó Romina, saltando en un pie.

Salieron a paso rápido. En la escalera, entre turistas medio vestidos, empleados corriendo y un señor en bata de hotel, Miriam perdió a Romina.

—¡ROMINA! —gritó, bajando los escalones a toda velocidad.

Cuando llegó a la calle, ya estaba temblando. La gente se agachaba, otros gritaban, otros rezaban. Miriam buscó desesperada.

—Romi… ¿dónde estás?

El sismo terminó. El silencio cayó como un balde de agua fría.

Y entonces la vio: junto a una patrulla.

Miriam corrió hacia ella.

—¡Romi! ¿Qué—?

Romina levantó las manos. Estaban esposadas.

Miriam se llevó las manos a la cabeza.

—¿Qué hiciste?

El policía intervino:

—¿La conoce?

—Sí, es mi esposa —respondió Miriam, sin aire.

El policía asintió.

—Ah, entonces usted fue la que le dijo “corre, grita y empuja”.

Miriam parpadeó, incrédula.

—¿Qué?

Romina la miró, ofendida.

—¡Me confundí! ¡Tú dijiste muchas cosas! ¡Yo solo seguí instrucciones!

Miriam suspiró, entre risa y desesperación.

—Romi… te dije no corro, no grito, no empujo.

Romina abrió la boca.

—Ah. Bueno. Eso explica varias cosas.

 

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