La juguetería estaba tan llena que parecía que los Reyes Magos habían convocado una junta urgente con toda la ciudad. Nancy avanzaba con una lista perfectamente doblada; Erika avanzaba con un carrito que ya parecía una carroza de desfile navideño.
—Santiago sigue sin decidir —dijo Nan, respirando como quien se prepara para una maratón emocional—. Y no importa si los Reyes no le atinan. Lo importante es enseñarles a aceptar las bendiciones, manejar la frustración, regular emociones… ya sabes.
—Sí, sí, amor —respondió Eri, sin escuchar ni el eco—. ¡Mira este dron! Capaz que mañana amanece tecnológico.
Nan la miró con una ceja arqueada.
—Eri, son tres Reyes Magos, no tres familias monárquicas con presupuesto petrolero.
—Ajá… pero mira este set de dinosaurios para Santi. ¡Es que le encantan!
—¿Me estás escuchando?
—Claramente —dijo Eri, metiendo otro juguete al carrito—. Pero mira este unicornio para Sofía. Es tan tierna como su bella madre. O sea tú.
—Eri, te estoy hablando en serio.
—Yo también. ¿Viste este microscopio? Por si Sofí decide ser científica mañana.
—Eri.
—Sí, mi amor.
—Suelta el microscopio.
Eri lo soltó. Lentamente. Como si estuviera despidiéndose de un sueño.
Siguieron avanzando. Eri desaparecía y reaparecía entre pasillos como un duende hiperactivo.
—¡Nan, mira este rompecabezas! Por si Santi pide algo educativo.
—Eri, no podemos comprar por si acaso.
—¿Y si sí?
—¿Y si no?
Eri sonrió con cara de “no voy a ganar esta discusión, pero tampoco voy a perderla”.
Dos carritos, una discusión y un par de “Eri, por favor” después, en la caja, el vendedor empezó a apilar cajas como si estuviera construyendo un fuerte medieval.
—¿Y el resto se lo enviamos a domicilio? —preguntó.
Eri abrió los ojos como si acabara de recordar que existía un límite… y que lo había ignorado por completo.
Nan cruzó los brazos.
—¿Qué más compraste?
Eri suspiró, derrotada.
—No tengo idea… la familia monárquica algo habrá querido mandar.
Nan se llevó la mano a la frente.
—Eri…
—Pero mira —dijo Eri, levantando un peluche que no recordaba haber elegido—. ¡Este sí lo pidió Sofí! ¿O no?
Nan la miró con ternura resignada.
—Eri, te amo… pero eres peor que Melchor con tarjeta ilimitada.
Eri sonrió, orgullosa.
—Gracias, mi reina maga favorita.
Nan negó con la cabeza, pero ya estaba riéndose.
—Vámonos antes de que compres un pony.
—¿Hay ponies? —preguntó Eri, alarmada y emocionada a la vez.
—Eri.
—Ya, ya. Me controlo. Creo.
Salieron con bolsas, cajas y la sensación de que los Reyes Magos, dondequiera que estuvieran, les debían un reembolso.
