"TRAVESURAS CALUROSAS"


 

Ana pasa la página con el ceño fruncido, luego con los ojos muy abiertos, luego con la boca temblando. Eri, mientras tanto, cuelga de cabeza como un murciélago derrotado por el calor.

—Ana, me estoy derritiendo. Literal. Si me tocas, seguro ya soy gelatina —protesta Eri.

—Ajá, amor —responde Ana sin levantar la vista.

—Y además ya agoté todas las posiciones humanas posibles en este sofá. Creo que inventé dos nuevas. Una se llama “la gaviota triste”.

—Sí, amor.

Eri suspira, mira el techo —o el piso, según su perspectiva invertida— y luego mira las piernas de Ana, brillando con la luz de la tarde. Chasquea la lengua, ofendida por lo poco que se le está prestando atención.

—¿Sabes qué es lo peor? Que estás demasiado bonita para ignorarme. Es injusto. Debería ser ilegal.

—Ya veremos, amor.

Eri entrecierra los ojos. La travesura nace. Con la precisión de una científica aburrida, estira un pie y empieza a empujar, muy lentamente, el libro desde abajo. Apenas un toquecito. Otro. Otro. Hasta que la novela empieza a deslizarse como si tuviera vida propia.

Ana parpadea, confundida, cuando la página se le escapa de las manos.

—¿Qué…?

—Uy, qué raro —dice Eri, inocente, todavía de cabeza—. El clima está tan caliente que hasta los libros se resbalan.

Ana la mira por fin. La expresión intensa que traía —esa mezcla de sobresalto y ternura que solo un buen libro provoca— se deshace por completo ante la interrupción.

—Eri… ¿estás empujando mi libro con el pie?

—Yo jamás haría algo tan poco elegante. Estoy meditando. Con los dedos. De los pies. Es una técnica ancestral.

—Ajá.

Eri sonríe, triunfal, y da un último empujón suave. El libro cae al suelo con un plaf discreto.

—Oh no. Qué tragedia. Supongo que ahora tendrás que mirarme. Qué sacrificio.

Ana suspira, recoge el libro, lo deja a un lado y se acerca a Eri, que sigue colgando como si nada.

—Estás imposible hoy.

—Estoy aburrida. Y hace calor. Y te extraño aunque estás aquí mismo. Es un combo terrible.

Ana le acomoda un mechón que le cae hacia arriba.

—Ven acá, gaviota triste.

—Sabía que mi técnica ancestral funcionaría —sonríe Eri al fin.

—No funcionó. Solo me dio ternura.

—Ternura es victoria.

Y Ana, rendida, se acomoda junto a ella, mientras Eri por fin se endereza, satisfecha de haber recuperado su atención sin incendiar la casa en el intento.

 

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