El frío del pueblo se sentía más intenso que nunca. Las calles estaban casi vacías y el vapor del aliento de Aurora se mezclaba con la neblina. Caminaba con paso lento, intentando convencerse de que debía detener las cartas. La confusión por aquella mención de “ella” la había dejado desanimada, como si todo lo que había construido en silencio se hubiera desvanecido. “Quizá nunca fui yo”, pensaba, mientras el aire helado le enrojecía las mejillas.
Aurora no quiso acercarse a la florería temprano, pero necesitaba saber si Camila había dejado un nuevo mensaje antes de que abriera. Al pasar por la cafetería, Raquel la saludó con su tono cordial y la invitó a pasar. Aurora entró con el abrigo húmedo por la neblina. El calor del lugar la envolvió de inmediato y el aroma del café recién molido le pareció un refugio. Decidió esperar un poco más antes de ver el mensaje de Camila y se sentó en la barra.
Raquel rodeó la barra y la recibió con su sonrisa habitual. —¿Lo de siempre, cocoa con…? —preguntó con naturalidad.
Aurora levantó la mano con un gesto rápido, casi nervioso. —No, hoy solo café, gracias.
Raquel arqueó las cejas, sorprendida. Al regresar, mientras servía la bebida, comentó con una sonrisa ligera: —Eso sí que es raro en usted, profesora —y luego añadió con tono casual—. Y dígame, ¿qué tal la película en la plaza anoche? Las vi cenando en un puesto al pasar por la plaza, después de cerrar la cafetería. Disculpe el atrevimiento profesora, pero dígame: ¿fue una cita… o una no cita con Camila?
Aurora se tensó. El vapor del café le nubló los lentes y agradeció el instante de distracción. —No… no sé qué decir —balbuceó, con un gesto nervioso en los dedos que acariciaban el borde de la taza.
Raquel apoyó los codos en el mostrador y bajó la voz, como si compartiera una confidencia. —Le voy a decir un secreto, profesora. Camila tiene una admiradora desde el primero de diciembre. Misivas sin remitente, pequeñas pistas… ya sabe.
Aurora levantó la mirada, sorprendida, con el corazón acelerado. Raquel continuó, sin perder la serenidad: —Y le voy a decir otra cosa. Usted me cae bien. Y, si me permite, hacen bonita pareja. No se la deje a esa admiradora secreta. Luche por ella.
Aurora se quedó inmóvil, procesando cada palabra. El silencio entre ambas se cargó de sentido. Entonces, una sonrisa se dibujó en su rostro, tímida pero luminosa. Había encontrado la respuesta a la pregunta que la atormentaba: ¿Cuál “ella”?
Raquel le devolvió la sonrisa, como quien sabe que ha encendido una chispa. Aurora, con la taza aún caliente entre las manos, sintió que el frío del pueblo se quedaba afuera. Terminó su café a toda prisa, se levantó, observó la florería desde el ventanal de la cafetería, aún no había mensaje, pero no importaba. Sabía lo que haría. Pagó el café y se despidió de Raquel, aún tenía una hora antes de que abriera Camila.
Camila llegó a la florería con el aliento convertido en pequeñas nubes por el frío. El candado de la puerta estaba helado y mientras lo abría, notó un papel doblado que había sido deslizado por debajo. Se agachó con curiosidad, recogió el mensaje y lo desplegó allí mismo, en la entrada, con las llaves aún colgando de su mano.
No había sobre ni dibujo ni perfume. Solo esa frase breve, directa, como si la admiradora hubiera decidido que ya no había tiempo para rodeos. Camila se quedó inmóvil, con el papel entre los dedos, sintiendo cómo el corazón le golpeaba el pecho.
Era lo que había estado esperando: una cita, la oportunidad de conocerla. Y sin embargo, la simplicidad del mensaje la inquietaba. ¿Por qué debajo de la puerta? ¿Por qué sin los símbolos que habían acompañado cada carta? Esa urgencia escondía algo distinto, algo que la hacía pensar en Aurora.
Deseaba que fuera ella. Desde la tarde anterior, cuando veían la película en la plaza, había sentido que el secreto estaba a punto de revelarse. Entonces el miedo la atravesó: ¿y si no era Aurora? ¿Y si otra mujer la esperaba en Fiorella? ¿Qué sentiría Aurora al verla con alguien más, después de ese instante en que casi la besa?
Camila cerró la puerta detrás de sí y apoyó la espalda contra el marco, con el papel aún en la mano. La emoción se mezclaba con los nervios y la duda se volvía insoportable. Necesitaba una certeza, aunque fuera mínima.
Decidió caminar hasta la cafetería. Raquel siempre estaba atenta, siempre veía más de lo que decía. Si alguien había dejado el mensaje bajo la puerta, ella podía haberlo notado.
Con paso rápido, Camila cruzó la calle. El frío le mordía las mejillas, pero lo que la impulsaba no era el invierno, sino la urgencia de saber. Entró en la cafetería con el papel aún en la mano. El calor del lugar le devolvió algo de calma, aunque siguió moviéndose con pasos rápidos, casi ansiosos. Raquel la recibió con su sonrisa tranquila, mientras secaba una taza detrás del mostrador.
—Necesito preguntarte algo —dijo Camila, sin rodeos, apoyando el papel sobre la barra—. ¿Viste quién dejó esto bajo la puerta de la florería?
Raquel se inclinó para mirar el mensaje, leyó la frase breve y levantó la vista hacia ella. Su expresión se mantuvo serena, sin sorpresa. —No, hija… no vi nada. Estaba ocupada con los clientes. Si alguien lo dejó, fue muy rápido.
Camila apretó los labios, decepcionada. Había esperado que Raquel le diera una pista, un detalle mínimo que la acercara a la verdad. El silencio se volvió pesado, hasta que Raquel añadió con suavidad: —Lo que sí sé es que alguien piensa en ti con insistencia. A veces la gente se atreve cuando el frío aprieta.
Camila bajó la mirada hacia el papel, nerviosa. El corazón le latía con fuerza. —Quiero que sea Aurora… —susurró, casi sin darse cuenta.
Raquel la observó con ternura, sin interrumpir. Camila levantó la vista y encontró en sus ojos una complicidad silenciosa. No había respuesta concreta, pero la calma de Raquel le dio un respiro.
Guardó el papel en su bolso y tomó aire. Aunque no tenía certezas, sabía que debía acudir a la cita. El frío del pueblo seguiría afuera, pero dentro de Fiorella, esa noche, quizá encontraría la verdad que tanto había esperado.
Por la tarde, Aurora caminaba con paso rápido por la calle de la florería, sabía que era la hora de comer de Camila. Se detuvo frente al escaparate y leyó el mensaje.
El corazón le dio un vuelco. Dudó unos segundos, pero la decisión fue más fuerte que el miedo. La tarde se volvió un torbellino de nervios. Aurora se arregló con más cuidado que nunca: eligió un vestido burdeos y un abrigo mostaza, colores cálidos que contrastaban con el invierno del pueblo. Al mirarse al espejo, se sorprendió: parecía otra mujer, una que se atrevía a vivir.
Mientras tanto, la tarde de Camila se convirtió en un remolino inesperado. Había planeado cerrar temprano para prepararse con calma, pero un hombre entró a la florería justo cuando estaba guardando las tijeras y apagando las luces del escaparate. Tenía el rostro desencajado, los ojos suplicantes.
—Olvidé mi aniversario… necesito un arreglo grande, el más grande que pueda hacer —dijo con voz apurada.
Camila lo miró con sorpresa y aunque por dentro pensaba en la cita que la esperaba, no pudo negarse. Sus manos se movían con destreza, pero el reloj avanzaba sin piedad. Cuando por fin entregó el arreglo, el hombre salió agradecido, y ella se quedó con el corazón acelerado: ya era tarde.
Mientras se arreglaba frente al espejo, pensaba en todo lo que podía pasar: la decepción, la sorpresa, el inicio de algo nuevo. Las dudas regresaron con fuerza. ¿Y si la mujer que la esperaba en Fiorella no era Aurora? ¿Qué haría si no sentía nada, si la conversación se volvía torpe, si la ilusión se desmoronaba? Pensó en Aurora, en cómo la había mirado la noche anterior en la plaza, en ese instante suspendido en el que casi se besaron. Si no era ella, ¿cómo dejarle ver que ya había alguien que ocupaba su pensamiento? ¿Cómo decirle que, aunque la admiradora secreta la había conmovido, su corazón ya se inclinaba hacia otra mujer?
El miedo se mezclaba con la esperanza. Si era Aurora, se pondría nerviosa, tanto que quizá no sabría qué decir al principio. Imaginó invitarla a pasear por la plaza iluminada con luces de invierno, compartir un café caliente en la cafetería, caminar juntas por las calles del pueblo. Imaginó concluir el beso que ayer no pudo dar, sentir la suavidad de sus labios, la calma de un abrazo que la envolviera en medio del frío.
Se sorprendió sonriendo sola. El reloj marcaba la hora y la urgencia la empujaba a cambiarse rápido. Eligió un vestido de lana color verde esmeralda, sencillo pero elegante, que resaltaba el brillo de sus ojos oscuros. Sobre él llevó un abrigo beige claro, largo hasta las rodillas, que contrastaba con el frío del pueblo y le daba un aire cálido en medio de la neblina.
Al mirarse en el espejo antes de salir, sintió un cosquilleo en el pecho: quería que fuera Aurora y que la viera así, natural pero con un toque de cuidado, como quien se viste no para impresionar, sino para compartir un momento importante.
Aurora llegó temprano al restaurante Fiorella, con el corazón latiendo más rápido de lo que quería admitir. El frío del pueblo aún le mordía las manos, pero dentro el aire cálido olía a pan recién horneado y vino. Caminó con calma, como si buscara un refugio, eligió una mesa discreta, no demasiado cerca de la entrada, pero con un ángulo perfecto hacia la puerta.
Desde allí podía ver quién entraba, observar cada gesto, cada abrigo sacudido por la neblina, cada sonrisa que se escapaba al cruzar el umbral. Sin embargo, la posición era lo bastante escondida para que nadie notara su mirada de primera intención. Quien llegara no percibiría que estaba siendo esperado, Aurora había calculado ese detalle con cuidado, como quien protege un secreto.
Se acomodó en la silla, la mesa era pequeña y discreta, pensada para dos personas, de madera clara y con un mantel sencillo color crema que apenas cubría los bordes. En el centro, una vela dentro de un portavelas de hierro proyectaba una luz cálida que temblaba suavemente, iluminando su rostro sin llamar la atención del resto del salón. Apenas habría espacio para dos copas de vino, la cesta de pan y los platos; esa estrechez haría que, al moverse, sus manos se rozaran. Esa cercanía, inevitable por el tamaño de la mesa, convertía cada gesto en un momento íntimo, como si el restaurante entero se redujera a ese pequeño espacio compartido.
Aurora fingía interés en todo y nada, aunque sus ojos se desviaban una y otra vez hacia la entrada y el reloj. El murmullo del restaurante la envolvía, pero ella estaba atenta al instante en que la puerta se abriría. Esa mezcla de deseo y miedo la mantenía inmóvil, con las manos entrelazadas sobre la mesa, como si el gesto pudiera contener la ansiedad que la atravesaba. A las 6:10 p.m., la inquietud la envolvía como un abrigo demasiado pesado. “No vendrá”, pensó, y el silencio del lugar se volvió insoportable.
La puerta se abrió de golpe con el aire helado. Camila entró con las mejillas rojas por el frío y una sonrisa que desarmó cualquier duda. Sacudió su abrigo mientras exploraba con la mirada cada mesa, hasta que se encontró con unos ojos que la esperaban de pie. Se acercó con paso rápido y, al detenerse frente a ella, dijo con voz firme pero dulce: —Sabía que eras tú, Aurora.
Aurora apenas alcanzó a reaccionar cuando Camila se inclinó hacia sus labios y le dio un beso suave, breve, que la dejó sin palabras.
Camila se sentó frente a ella, acomodando el abrigo en la silla. Con naturalidad, añadió: —Pidamos, muero de hambre. Por cierto, te ves preciosa con ese color, deberías dejar los tonos oscuros.
Aurora sonrió, aún nerviosa; se sentó y asintió. El murmullo del restaurante y el calor de las luces crearon un espacio íntimo, como si el frío del pueblo quedara afuera.
Mientras el camarero se acercaba con las cartas del menú, Aurora pensó que las misivas habían terminado, pero que algo nuevo estaba empezando. No sabía qué forma tendría, ni cuánto duraría, pero la certeza de ese inicio la acompañaba como un secreto compartido.
Fin, por ahora.



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